viernes, 16 de marzo de 2012

Via Crucis de Gerardo Diego


Dame tu mano, María, 
la de las tocas moradas. 
Clávame tus siete espadas 
en esta carne baldía. 
Quiero ir contigo en la impía 
tarde negra y amarilla. 
Aquí en mi torpe mejilla 
quiero ver si se retrata 
esa lividez de plata, 
esa lágrima que brilla.



Déjame que te restañe 
ese llanto cristalino, 
y a la vera del camino 
permite que te acompañe. 
Deja que en lágrimas bañe 
la orla negra de tu manto 
a los pies del árbol santo 
donde tu fruto se mustia. 
Capitana de la angustia: 
no quiero que sufras tanto.

Qué lejos, Madre, la cuna 
y tus gozos de Belén: 
- No, mi Niño. No, no hay quien 
de mis brazos te desuna. 
Y rayos tibios de luna 
entre las pajas de miel 
le acariciaban la piel 
sin despertarle. Qué larga 
es la distancia y qué amarga 
de Jesús muerto a Emmanuel.

¿Dónde está ya el mediodía 
luminoso en que Gabriel 
desde el marco del dintel 
te saludó: -Ave, María? 
Virgen ya de la agonía, 
tu Hijo es el que cruza ahí. 
Déjame hacer junto a ti 
ese augusto itinerario. 
Para ir al monte Calvario, 
cítame en Getsemaní.

A ti, doncella graciosa, 
hoy maestra de dolores, 
playa de los pecadores, 
nido en que el alma reposa. 
A ti, ofrezco, pulcra rosa, 
las jornadas de esta vía. 

A ti, Madre, a quien quería 
cumplir mi humilde promesa. 
A ti, celestial princesa, 
Virgen sagrada María.



Primera Estación: JESÚS ES CONDENADO A MUERTE
"El Consejo en pleno se levantó y llevaron a Jesús ante Pilato. Allí empezaron con sus acusaciones: «Hemos comprobado que este hombre es un agitador. Se opone a que se paguen los impuestos al César y pretende ser el rey enviado por Dios.»" (Lc 23, 1-2)


Jesús sentenciado a muerte. 
No bastan sudor, desvelo, 
cáliz, corona, flagelo, 
todo un pueblo a escarnecerte. 
Condenan tu cuerpo inerte, 
manso Jesús de mi olvido, 
a que, abierto y exprimido, 
derrame toda su esencia. 
Y a tan cobarde sentencia 
prestas en silencio oído.

Y soy yo mismo quien dicto 
esa sentencia villana. 
De mis propios labios mana 
ese negro veredicto. 
Yo me declaro convicto. 
Yo te negué con Simón. 
Te vendí y te hice traición 
con Pilatos y con Judas. 
Y aún mis culpas desanudas 
y me brindas el perdón. 



Segunda Estación: JESÚS CARGA CON LA CRUZ
"Así fue como se llevaron a Jesús. Cargando con su propia cruz, salió de la ciudad hacia el lugar llamado Calvario (o de la Calavera), que en hebreo se dice Gólgota." (Jn 19, 17)


Jerusalén arde en fiestas. 
Qué tremenda diversión 
ver al justo de Sión 
cargar con la cruz a cuestas. 
Sus espaldas curva, prestas 
a tan sobrehumano exceso, 
y, olvidándose del peso 
que sobre su hombro gravita, 
con caridad infinita 
imprime en la cruz un beso. 

Tú el suplicio y yo el regalo. 
Yo la gloria y Tú la afrenta 
abrazado a la violenta 
carga de una cruz de palo. 
Y así, sin un intervalo, 
sin una pausa siquiera, 
tal vivo mi vida entera 
que por mí te has alistado 
voluntario abanderado 
de esa maciza bandera. 



Tercera Estación: JESÚS CAE POR PRIMERA VEZ
 "Luego Jesús llamó a sus discípulos y a toda la gente y les dijo: «El que quiera seguirme, que renuncie a sí mismo, tome su cruz y me siga. Pues el que quiera asegurar su vida la perderá, y el que sacrifique su vida (por mí y) por el Evangelio, la salvará." (Mt 16, 24-25)


A tan bárbara congoja 
y pesadumbre declinas, 
y tus rodillas divinas 
se hincan en la tierra roja. 
Y no hay nadie que te acoja. 
En vano un auxilio imploras. 
Vibra en ráfagas sonoras 
el látigo del blasfemo. 
Y en un esfuerzo supremo 
lentamente te incorporas. 

Como el Cordero que viera 
Juan, el dulce evangelista, 
así estás ante mi vista 
tendido con tu bandera. 
Tu mansedumbre a una fiera 
venciera y humillaría. 
Ya el Cordero se ofrecía 
por el mundo y sus pecados. 
Con mis pies atropellados 
como a un estorbo le hería. 


Cuarta Estación: JESÚS SE ENCUENTRA CON SU MADRE: 
"También estaban allí, observándolo todo, algunas mujeres que desde Galilea habían seguido a Jesús para servirlo." (Mt 27, 55)


Se ha abierto paso en las filas 
una doliente Mujer. 
Tu Madre te quiere ver 
retratado en sus pupilas. 
Lento, tu mirar destilas 
y le hablas y la consuelas. 
Cómo se rasgan las telas 
de ese doble corazón. 
Quién medirá la pasión 
de esas dos almas gemelas. 

¿Cuándo en el mundo se ha visto 
tal escena de agonía? 
Cristo llora por María. 
María llora por Cristo. 
¿Y yo, firme, lo resisto? 
¿Mi alma ha de quedar ajena? 
Nazareno, Nazarena, 
dadme siquiera una poca 
de esa doble pena loca, 
que quiero penar mi pena. 


Quinta Estación: JESÚS ES AYUDADO POR EL CIRENEO
"Cuando lo llevaban, encontraron a un tal Simón de Cirene que volvía del campo, y le cargaron con la cruz para que la llevara detrás de Jesús." (Lc 23,26)


Ya no es posible que siga 
Jesús el arduo sendero. 
Le rinde el plúmbeo madero. 
Le acongoja la fatiga. 
Mas la muchedumbre obliga 
a que prosiga el cortejo. 
Dure hasta el fin el festejo. 
Y la muerte se detiene 
ante Simón de Cirene, 
que acude tardo y perplejo. 

Pudiendo, Jesús, morir, 
¿por qué apoyo solicitas? 
Sin duda es que necesitas 
vivir aún para sufrir. 
Yo también quise vivir, 
vivir siempre, vivir fuerte. 
Y grité: -Aléjate, muerte. 
Ven Tú, Jesús cireneo. 
Ayúdame, que en ti creo 
y aún es tiempo de ofenderte. 


Sexta Estación: LA VERÓNICA LIMPIA EL ROSTRO DE JESÚS
"Muchos quedaron espantados al verlo, pues estaba tan desfigurado, que ya no parecía un ser humano. Despreciado por los hombres y marginado, hombre de dolores y familiarizado con el sufrimiento, semejante a aquellos a los que se les vuelve la cara, no contaba para nada y no hemos hecho caso de él. Sin embargo, eran nuestras dolencias las que él llevaba, eran nuestros dolores los que le pesaban." (Is 52, 14; 53, 3-42)


Fluye sangre de tus sienes 
hasta cegarte los ojos. 
Cubierto de hilillos rojos 
el morado rostro tienes. 
Y al contemplar cómo vienes 
una mujer se atraviesa, 
te enjuga el rostro y te besa. 
La llamaban la Verónica. 
Y exacta tu faz agónica 
en el lienzo queda impresa. 

Si a imagen y semejanza 
tuya, Señor, nos hiciste, 
de tu imagen me reviste 
firme a olvido y a mudanza. 
Será mayor mi confianza 
si en mi alma dejas la huella 
de tu boca que nos sella 
blancas promesas de paz, 
de tu dolorida faz, 
de tu mirada de estrella. 


Séptima Estación: JESÚS CAE POR SEGUNDA VEZ
"... eran nuestras faltas por las que era destruido; nuestros pecados, por los que era aplastado. El soportó el castigo que nos trae la paz y por sus llagas hemos sido sanados". (Is 53, 5)


Largo es el camino y lento 
y el Cireneo se rinde. 
Él se ha trazado una linde 
en su oscuro pensamiento. 
Mientras disputa violento, 
deja que la cruz se hunda 
total, maciza, profunda, 
sobre aquel único hombro. 
Y como un humano escombro 
cae Jesús por vez segunda. 

¿Otra vez, Señor, en tierra, 
abrazado a tu estandarte? 
Ese insistente postrarte 
¿qué oculto sentido encierra? 
Mas ya te entiendo. En la guerra 
por ti luchando, transido 
caeré en tierra y malherido, 
¿y no he de alzarme ya más? 
Yo sé que Tú me darás 
la mano si te la pido. 


Octava Estación: JESÚS CONSUELA A LAS MUJERES DE JERUSALÉN
"Lo seguía muchísima gente, especialmente mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús, volviéndose hacia ellas, les dijo: «Hijas de Jerusalén, no lloréis por mí. Llorad más bien por vosotras mismas y por vuestros hijos." (Lc 23, 27-28)


Qué vivo dolor aflige 
a estas mujeres piadosas, 
madres, hermanas, esposas, 
sin culpa del «crucifige». 
Jesús a ellas se dirige. 
Sus palabras, oídlas bien. 
-Hijas de Jerusalén. 
Llorad vuestro llanto, sí, 
por vosotras, no por mí. 
Por vuestros hijos también. 

Por nosotros mismos, cierto. 
Pero ¿quién por ti no llora? 
Haz que llore hora tras hora 
por mí tibio y por ti yerto. 
Riégame este estéril huerto. 
Quiébrame esta torva frente. 
Ábreme una vena ardiente 
de dulce y amargo llanto, 
y espanta de mí este espanto 
de hallar cegada mi fuente. 


Novena Estación: JESÚS CAE POR TERCERA VEZ
"Felices los que son perseguidos por causa del bien, porque de ellos es el Reino de los Cielos." (Mt 5, 10)


Ya caíste una, dos veces. 
La rota túnica pisas 
y aún entre mofas y risas 
tendido a mis pies te ofreces. 
Yo no sé a quién me pareces, 
a quién me aludes así. 
No sé qué haces junto a mí, 
derribado con tu leño. 
Yo no sé si ha sido un sueño 
o si es verdad que te vi. 

Y yo caigo una, dos, tres, 
y otra vez más, y otra, y tantas. 
Siempre tus espaldas santas 
me sirvieron de pavés. 
Ahora siento bien cuál es 
la razón de tus caídas. 
Sí. Porque nuestras vencidas 
almas no te tengan miedo 
caes, oh humilde remedo, 
y a abrazarte las convidas. 


Décima Estación: JESÚS ES DESPOJADO DE SUS VESTIDURAS
 "Después de clavar a Jesús en la cruz, los soldados tomaron sus vestidos y los dividieron en cuatro partes, una para cada uno de ellos. En cuanto a la túnica, tejida de una sola pieza de arriba abajo sin costura alguna, se dijeron:«No la rompamos, echémosla más bien a suertes, a ver a quién le toca.» Así se cumplió la Escritura que dice: Se repartieron mi ropa y echaron a suertes mi túnica. Esto es lo que hicieron los soldados." (Jn 19, 23-24)


Ya desnudan al que viste 
a las rosas y a los lirios. 
Martirio entre los martirios 
y entre las tristezas triste. 
Qué sonrojo te reviste, 
cómo tu rostro demudas 
ante aquellas manos crudas 
que te arrancan los vestidos 
de sangre y sudor teñidos 
sobre tus carnes desnudas. 

Bella lección de pudores 
la que en este trance dictas, 
tus candideces invictas 
coloridas de rubores. 
Tú, que has teñido las flores 
de tintas tan sonrosadas, 
que en las castas alboradas 
las nubes vistes de oro, 
ay, devuélveme el tesoro 
de mis flores marchitadas. 



Undécima Estación: JESÚS ES CLAVADO EN LA CRUZ
"Al llegar al lugar llamado de la Calavera, lo crucificaron allí, y con él a los malhechores, uno a su derecha y el otro a su izquierda." (Lc 23, 33)


Por fin en la cruz te acuestas. 
Te abren una y otra mano, 
un pie y otro soberano, 
y a todo, manso, te prestas. 
Luego entre Dimas y Gestas, 
desencajado por crueles 
distensiones de cordeles, 
te clavan crucificado 
y te punzan el costado 
y te refrescan de hieles. 

Y que esto llegue es preciso 
y así todo se consuma, 
y, a la carga que te abruma, 
el cuello inclinas sumiso. 
-Conmigo en el paraíso 
serás hoy- al buen ladrón 
prometes. Tierna lección 
la de tus palabras ciertas. 
Toma mis manos abiertas. 
Toma mis pies: tuyos son. 



Duodécima Estación: JESÚS MUERE EN LA CRUZ
 "Desde el mediodía hasta las tres de la tarde todo el país se cubrió de tinieblas. A eso de las tres, Jesús gritó con fuerza: Elí, Elí, lamá sabactani, que quiere decir: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» Pero nuevamente Jesús dio un fuerte grito y entregó su espíritu." (Mt 27, 45-46.50)


Al pie de la cruz María 
llora con la Magdalena, 
y aquel a quien en la Cena 
sobre todos prefería. 
Ya palmo a palmo se enfría 
el dócil torso entreabierto. 
Ya pende el cadáver yerto 
como de la rama el fruto. 
Cúbrete, cielo, de luto 
porque ya la Vida ha muerto. 

Profundo misterio. El Hijo 
del Hombre, el que era la Luz 
y la Vida muere en cruz, 
en una cruz crucifijo. 
Ya desde ahora te elijo 
mi modelo en el estrecho 
tránsito. Baja a mi lecho 
el día que yo me muera, 
y que mis manos de cera 
te estrechen sobre mi pecho. 



Decimotercera Estación: JESÚS ES BAJADO DE LA CRUZ Y PUESTO EN LOS BRAZOS DE SU MADRE
"Cerca de la cruz de Jesús estaba su madre, con María, la hermana de su madre, esposa de Cleofás, y María de Magdala." (Jn 19,25)


He aquí helados, cristalinos, 
sobre el virginal regazo, 
muertos ya para el abrazo, 
aquellos miembros divinos. 
Huyeron los asesinos. 
Qué soledad sin colores. 
Oh, Madre mía, no llores. 
Cómo lloraba María. 
La llaman desde aquel día 
la Virgen de los Dolores. 

¿Quién fue el escultor que pudo 
dar morbidez al marfil? 
¿Quién apuró su buril 
en el prodigio desnudo? 
Yo, Madre mía, fui el rudo 
artífice, fui el profano 
que modelé con mi mano 
ese triunfo de la muerte 
sobre el cual tu piedad vierte 
cálidas perlas en vano. 



Decimocuarta Estación: JESÚS ES SEPULTADO
 "Estaban tan asustadas que no se atrevían a levantar los ojos del suelo. Pero ellos les dijeron: «¿Por qué buscáis entre los muertos al que vive?.No está aquí. Resucitó. Acordaos de lo que les dijo cuando todavía estaba en Galilea." (Lc 24, 5-6)


Fue un José el primer varón 
que a Jesús tomó en sus brazos, 
y otro José en tiernos lazos 
le estrecha de compasión. 
Con grave, infinita unción 
el sagrado cuerpo baja 
y en un lienzo le amortaja. 
Luego le da sepultura 
y una piedra en la abertura 
de la roca viva encaja. 

Como póstuma jornada 
de tu vía de amargura, 
admiro en la sepultura 
tu heroica carne sellada. 
Señor, ya no queda nada 
por hacer. Señor, permite 
que humildemente te imite, 
que contigo viva y muera, 
y en luz no perecedera, 
que como Tú resucite. 


Decimoquinta Estación: JESÚS RESUCITA DE ENTRE LOS MUERTOS


¿Es de ingrávido sueño, 
aire o magia refleja 
este resplandor súbito, 
esta erguida presencia? 

Todo en torno se afirma, 
se deslumbra, se ciega. 
La piedra es más que nunca 
piedra, gozosa piedra; 

la humana piel confusa 
de oscuros centinelas, 
tañida del prodigio, 
centellea evidencias, 

y el alba, el alba tímida 
tan mojada y tan tierna, 
confirma de rubores 
su inocencia perfecta. 

Otra vez sobre el mundo 
la Verdad se hace cierta, 
cierta con certidumbre 
transverberada, céntrica. 

No el aire, no, ni el sueño 
ni la magia espejean 
este cuerpo armonioso 
que fulgura y destella. 

Las brisas le acarician, 
la tierra le sustenta 
y la luz que de él mana 
le ciñe y le modela. 

Pudiendo ser más leve 
que plumas o humaredas, 
humana, humildemente 
pisa la hierba, y pesa, 

y al goce del suavísimo 
tacto, contacto, prenda, 
invita -ábranse flores- 
a las yemas incrédulas. 

Resurrección. Oh gloria 
taladrada y tan nuestra, 
tan de hueso y de carne 
firme, caliente, fresca. 

Por Ti, Jesús, tan nuevo 
hoy con tus cinco estrellas 
que en cifra dibujada 
tu caridad constelan, 

por Ti, Señor, devuelto 
a la luz que te estrecha, 
al amor que te ciñe, 
al aura que te besa, 

por ti, todo nos canta, 
oh divina certeza 
para después del tiempo, 
quieta ya primavera.